En 1970, luego de dieciocho años de una intensa movilización política y social, por igual en los sectores medios que en los estratos más pauperizados, Salvador Allende fue electo presidente de Chile, y con él al frente, la Unidad Popular construyó la principal fuerza progresista latinoamericana en un contexto en el que, por un lado, las bendiciones del New Deal —y sus correcciones neokeynesianas— comenzaban a verse rebasadas por sus propias limitaciones para asegurar la circulación y concentración de capital; y por el otro, la vocación genocida del complejo industrial-militar estadounidense (con Kissinger liderándolo desde el Departamento de Estado) se afirmaba como la fuerza motriz de un nuevo modelo económico que sólo con posterioridad, treinta años después, el imaginario colectivo latinoamericano conocería como el Consenso de Washington.
Heredero de una larga pero permanentemente interrumpida tradición de reivindicaciones sociales en el continente americano, el gobierno de la Unidad Popular sobre el cual se asentó la gestión de Allende se caracterizó, de entre muchas otras cuestiones, por la fuerte base social que respaldó tanto los tres procesos electorales a los cuales se presentó como candidato cuanto la instrumentación de los programas sociales y políticas públicas que desplegó para hacer frente a la embestida de sus opositores. En este sentido, más que por lo trágico del homicidio de Allende, la tragedia de su presidencia se encuentra en el hecho de haber pasado a la historia sin mayores consecuencias que ser objeto de una profunda adoración poética dentro del archivo de lamentaciones por la intervención imperialista estadounidense en la región.
En efecto, el gobierno de Allende, más que el de Fidel Castro en Cuba, quizá, es trascendental para la historia y la construcción de la memoria identitaria de América por haber sido el objeto sobre el cual mejor se vislumbró el avasallamiento con el que Estados Unidos coloniza al continente desde que lo declaró propiedad exclusiva del americano blanco, anglosajón y protestante. Y es que para el imperialismo estadounidense, la vía chilena al socialismo, lejos de representar una variante (a la manera latinoamericana de hacer las cosas) de la agenda social formulada en la Alianza para el Progreso, implicó un desafío frontal —aunque parcial— al su proyecto de civilización impuesto en América.
La reacción de ambas partes en su relación dialéctica es conocida por la historia: a las nacionalizaciones implementadas por la presidencia de Allende, Estados Unidos respondió, a través de los sectores conservadores chilenos (congresistas, clero, hacendados, industriales, etc.), mediante la promoción de reformas legales y constitucionales que bloquearan todo intento futuro de estatización; a la oposición de Allende a adoptar las doctrinarias políticas económicas impulsadas por el Congreso, el imperialismo reaccionó mediante la promoción de la destitución parlamentaria de su cargo; a la socialización de las ganancias impulsada por el gobierno de la Unidad Popular, el gobierno estadounidense respondió con la especulación de los capitales en los mercados bursátiles; a las Juntas de Abastecimiento y control de Precios, Nixon respondió por medio del bloqueo comercial; y los propietarios chilenos a través del acaparamiento de la producción nacional y la reproducción artificial de la escasez; al fortalecimiento de la organización política comunitaria, se replicó mediante el financiamiento de asociaciones civiles en pro de la democracia, movilizaciones de sectores conservadores y la introducción de agentes represores encargados de producir a los muertos con los cuales se acusaría a Allende de genocida. Y así sucesivamente.
Allende resistió tanto la embestida de Estados Unidos y de los propios sectores propietarios de los medios de producción chilenos justo porque la base social de la Unidad Popular era lo suficientemente amplia y cohesionada como para organizarse en unidades de autogestión, pero sobre todo, porque la conciencia que en sus miembros prevalecía de estar construyendo una sociedad más justa e igualitaria tenía la potencia necesaria para observar cuánto de aquello que ocurría en el país era consecuencia perversa de un proyecto orquestado desde intereses particulares, y por supuesto, la potencia para hacerle frente con la organización colectiva. Sólo el estrangulamiento comercial y el bombardeo al Palacio de la Moneda, el 11 de septiembre de 1973, terminaron con esa inercia.
Ahora bien, regresando al significado de lo trágico y de la tragedia que la presidencia de Salvador Allende tiene para la historia y la memoria identitaria de América, lo que el actual giro a la derecha muestra es que el Chile del 70 al 73, y la poética adoración con la que se le recuerda en la literatura de la región, es sólo eso: el rendir culto a un presidente al que únicamente se considera un demócrata, un progresista, por el velo de mártir con el que su muerte recubrió su historia. Es decir, el final del ciclo de la izquierda progresista latinoamericana, lejos de presentarse como el reflejo tardío de lo que ya ocurrió en América —replicado hasta el cansancio en los cuarenta años de imperio del Cóndor en el cono Sur— revela a una izquierda hipócrita y a una derecha más sectaria, aunque políticamente más correcta también, en donde la primera no aprendió las lecciones del Golpe en Chile, y la segunda corrigió sus errores operativos y de comunicación organizacional.
Nicolás Maduro no es Allende, eso es cierto: la distancia que separa a uno y otro es insalvable. Sin embargo, Venezuela es, hoy, la réplica del Chile de Allende: un país cuya sociedad se encuentra bajo el avasallamiento de una guerra económica que recuerda mucho a la que el chileno sufrió. Venezuela, al igual que Chile, es un territorio enormemente codiciado por el capital internacional debido a sus enormes reservas de recursos naturales: petróleo en aquél, cobre en éste. Y, en ese sentido, mientras el petróleo siga siendo el motor que acciona y mantiene en movimiento la ilusión del progreso que alimenta la profundización del capitalismo, su futuro, su mera existencia como país y sociedad soberana, se encuentra anclado a la capacidad con la que cuente para hacer frente al colonialismo del capital, en general; y al imperialismo de Estados Unidos, en particular.
Maduro, a diferencia de Allende, no llegó a su posición por los mismos medios: la investidura de Maduro, en gran medida, debe su legitimidad a la designación que hizo de él Hugo Chávez. No obstante, esa diferencia entre uno y otro mandatario se agota ahí, pues si bien los medios a los cuales recurrieron ambos son divergentes, los dos coinciden en la base social que los respalda: la Unidad Popular, en Chile; la Revolución Bolivariana, en Venezuela. Tejido social que, por lo demás, fue y es el sustento de la revolución en ambos casos.
En la Venezuela del siglo XXI, al igual que en el Chile del siglo XX, la revolución es una construcción pacífica, no recurre a las armas para legitimarse o mantener su vigencia. Venezuela, igual que Chile, no ha dejado de ser un Estado rentista, dependiente en extremo de la extracción y comercialización de su materia prima más preciada: el petróleo. Y con Venezuela, igual que con Chile, la presente coyuntura se presenta en un periodo en el que el precio de las materias primas a nivel global se encuentra en franco decremento. Este simple hecho, en ambos casos, siempre se tradujo en una mejora sustancial de las condiciones de vida de los habitantes, y acosta de impulsar ese extractivismo es que se subsidia la posibilidad de construir un mejor futuro.
Pero Venezuela, igual que Chile, se encuentra bajo ataque: Maduro, en Venezuela, igual que Allende, en Chile, introdujo una política de control de precios para contener la inflación que el acaparamiento comercial y la reproducción artificial de la escasez producía desde la muerte de Chávez; a Maduro, como a Allende, el empresariado nacional y estadounidense respondieron de la misma manera: acaparando los productos de más básica necesidad. Maduro, como Allende, respondió a la situación mediante Comité Locales de Abastecimiento y Producción, pero ante ello el cerco se ha profundizado —atizado por una campaña mediática que gusta de mostrar aparadores sin papel sanitario cómo la consecuencia más perversa del socialismo del siglo XXI.
En Venezuela, como en Chile, la oposición se articuló en torno de una Mesa de Unidad Democrática; y en Venezuela, como en Chile, esa oposición se financió a través de la USAID y los programas de cooperación y ayuda humanitaria del Departamento de Estado. En Venezuela, como en Chile, la oposición llegó a controlar la mayoría del parlamento, y con ello, controlar la promoción de reformas legales y constitucionales que congelen la acción ejecutiva de la presidencia. En Venezuela, como en Chile, la oposición se movilizó ante la articulación comunitaria de la revolución, en Venezuela, como en Chile, agentes de inteligencia se encargaron de producir a los muertos sobre cuyos cadáveres se nombraría a maduro genocida, dictador y asesino.
No sorprende, por lo anterior, que ambas experiencias históricas se asemejen, también, en la posición con la cual se ha condenado, internacionalmente, al régimen de puño duro de Maduro, olvidándose que a Allende se le atacó igual —aunque quizá con menor intensidad mediática. La izquierda contemporánea observa en Allende a uno de sus íconos revolucionarios, pero lo observa sólo para no haber aprendido de las lecciones que dejó el Golpe de Estado chileno. La olvida, en estricto sentido, para volver a omitir esa recomendación que Castro dio a Allende: que el imperialismo hará uso de toda la potencia bélica, de toda la violencia de la que disponga para desarticular la revolución.
Hoy, con Venezuela, como antaño se hizo con Chile, se condena al socialismo, al comunismo, al populismo, al autoritarismo, a la incapacidad de un gobierno de ofrecer papel sanitario a sus habitantes. Pero más que eso, hoy, con Venezuela, como ayer, con Chile, se vuelve a sacralizar la intervención estadounidense sobre el país, con el argumento siempre efectivo de defensa de la democracia, del capitalismo y del individualismo —aunque siempre comprendidos, todos, en clave de la American way of
América, si no quiere revivir la historia del Palacio de la Moneda, debe ser consciente de que del recuerdo de Allende se debe regresar al siglo XXI con algo más que una profunda adoración poética. Se debe, más bien —y como lo señaló Castro a Allende—: regresar más revolucionario de lo que se era; se debe regresar más radical de lo que se era; se debe regresa más extremista de lo que se era.

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